miércoles, 16 de abril de 2014

Milongas pampeanas


Probablemente suene antiguo, coñazo, vetusto y carca, pero a mí me encanta Jorge Cafrune, que era un cantante argentino claro y contundente. Una presencia imponente, voz dura con un deje de amargura vivida, y ese precioso acento argentino dando cobijo a un mensaje demoledor contra los ricos y los poderosos. Además, cantaba a la luna, a los yuyos, a los canarios y a la Virgen. O sea, un tipo de esos que saben que lo importante se sustancia en la vida - no en esa cosa en la que hemos convertido nuestra existencia - narrada con estudiada distancia y con esa claridad de juicio que se adquiere sólo tras años en ese milagro que es la pampa argentina. Entre gauchos. Esos tipos milagrosos que te sueltan hablando cachos enteros del Martín Fierro antes de agarrar la guitarra y soltarte cantando cachos enteros del Martín Fierro. Conocí algunos de ellos años ha, cuando anduve paseando por allí haciendo como que trabajaba. Probablemente trabajé, pero desde luego los recuerdos que tengo nada tienen que ver con eso. Silencios, guitarras, fuego, un frío que cortaba, mate ardiendo y compartido y una guitarra rasgando el cielo. Y un tipo cantando una milonga. Estuve pocos días, pero me acuerdo con una nitidez extraordinaria. La misma que tenía la luna aquellas noches. En esas noches supe que quería vivir y morir allí. Y adiviné, con la claridad que da esa luna y esas voces, que nunca lo haría. Yo no era pieza de aquel juego.

Pues bien, bajo aquel cielo, esos hombres desgranaban contenidos que ellos consideraban profundos adornados con rimas, desafíos y música. O sea, algo formalmente bello arropando un mensaje que, a fuerza de ser acunado, parecía igualmente melodioso. Y eso, acostumbrado al español gruñido por estos lares, era una deliciosa novedad. Aprendí que la riqueza formal de la comunicación la facilita. La hace amable. La enriquece. Y hace al hombre más feliz.

Mensaje con contenido en florido continente. En la película “National Treasury”, traducida en este cutre país como “La búsqueda” supongo que para no incidir en la palabra nación, no vaya a ser que los nacionalistas interpongan un recurso de inconstitucionalidad contra Nicolas Cage y, lo que sería muchísimo peor, contra Diane Kruger, por el uso y disfrute imperialista de la palabra nación; decía que en esa película, el protagonista lee un párrafo de la declaración de independencia de los Estados Unidos, que suena de esta guisa: "Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones dirigida invariablemente al mismo objetivo evidencia el designio de someter el pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad." Tras leerlo, Nicolas Cage se queda pensativo y dice: “Hemos perdido esa manera de hablar”. Pero en realidad lo que se ha perdido es esa manera de pensar. Estoy convencido de que de la mano van los nobles ideales con su expresión. Convencido.

Y ese desprecio generalizado por la lengua lo sufrimos a diario, sobre todo por parte de aquellos que deberían tener la responsabilidad de ejercer la esgrima intelectual – que eso es la dialéctica - en los diferentes foros y que, por desgracia, se han convertido en cubículos donde ignorantes maleducados y analfabetos de partido concursan a ver quién dice la mayor burrada, mientras sus compañeros rebuznan a favor o en contra dependiendo de si el imbécil del estrado es rojo, azul, verde o lila. Y no quiero hablar de la Real Academia de la Lengua Apañola (RALA) que en un postrer alarde pirotécnico ha admitido en el diccionario palabras como gayumbos, friki, isidril, okupar, manga o sociata para que usted, intelectual de pro, pueda decir con un par de narices “el friki sociata que okupó la kely iba en gayumbos mientras leía manga” y pase por lo que es, un analfabeto bendecido por gentuza sentada en poltrona con letra que debería proteger la lengua, y no mancillarla. Porque a un hombre se le conoce por lo que dice pero también por cómo lo dice.

Hay veces que echo de menos aquellos tipos, aquellas palabras, aquellas guitarras, aquellas voces. Aquella vida.

A veces oigo ecos de tierras lejanas.

En ocasiones, veo vivos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Morir es cosa de gilipollas

La gente ya no se muere. Ahora la peña traspasa, se va, nos deja, se energetiza en un plano diferente, pasa a un estadio liviano de conciencia o se diluye en el éter originario de la creación. Pero lo que es palmar, infinitivo del verbo espicharla, no palma nadie. La demostración de lo que digo está en la sección de esquelas de cualquier periódico. Así, uno se entera de que "Filemón Azúa de la Roca Solana (alias Pepete el Jodido) traspasó a una vida diferente (o al negro abismo de la nada) rodeado del recuerdo y la energía positiva de los suyos, de la tristeza de su pareja hembra y de la desolación de la chica de servicio". Y encima del nombre del pobre desgraciado plantan una imagen de Bambi rodeado de hojas de laurel y orquídeas, para que conste que, si tuvo cuernos, los tuvo pequeñitos y que amó a la naturaleza, se supone. Y lo entierran, porque los traspasados siguen oliendo fatal, y ahí se queda archivado en el cajón 769 del cementerio de Toledo y con la peor foto que le sacaron en vida (o en eso que haya tenido) para que se note que, si en vida fue feo de cojones, esa fealdad quedará inmortalizada para siempre. Bueno, hasta que su santa deje de pagar y lo hermanen para los restos (nunca mejor dicho) con los pobres en la bonita y acogedora fosa común. En un par de millones de años, petróleo, Filemón. Grande Filemón. Mirando al infinito con cara de gilipollas desde tu nicho. Descansa si puedes, chaval.

Eso de las esquelas pastelosas pasa en la mayoría de los diarios, excepto en el ABC, donde te clavan una cruz muy negra quieras o no, y te llaman muy de "usted" y "don", aunque hayas sido un mindundi y un medio mierda toda tu vida. El ABC te convierte en muerto de orden, en muerto católico, en muerto de cielo, en muerto contundente. Entran hasta ganas de morirse para que te rediman en el ABC. Como Dios manda.

Pero salvando esas negras y tradicionales excepciones, las esquelas son mondongas y cursis de cojones. Pues bien, siendo como son, lo de los obituarios es muchísimo peor. Porque si te "obitúa" un amigo de verdad, pues bueno, mentirá como un cabrón pero al final dirá que fuiste una buena persona y que probablemente estarás en el cielo, aunque realmente no tiene ni puta idea. Pero lo intentará. Y dirá que Dios te habrá perdonado y se portará como un amigo porque al muerto hay que enviarlo al cielo, que para eso está muerto y para enviarlo a un sitio que puede ser como Cuenca, mejor no escribir ni obituar nada. Pero como el obituario te lo escriba un admirador progre, date por jodido de verdad. Primero porque no leerás la palabra muerte: dirá que estás flotando entre tules o arropado por los vapores de la energía, y que el olor a podrido que sale de tu tumba es tan solo el resto pútrido del karma. Estamos en un país tan acojonantemente católico que incluso los que odian a la Iglesia, los apóstatas y los progres hacen unos recordatorios del difunto que ríete tú de las homilías homenaje de los curas de pueblo. Uno las lee y excepto la palabra Dios, están toditas las de las Bienaventuranzas glosando la vida ejemplar de un tipo que ha podido ser un auténtico hijo de puta. Pero bueno, una vez muerto, todo el mundo (excepto Franco, que ese sí que era malo, y no Lenin o Stalin) es redimible. Pues bien, si miran ustedes en detalle esas loas comprobarán lo que digo: parece que no haya cadáver. Y eso da mucho peor rollo que hablar de un muerto.

Y todo esto no es sino un síntoma más de esta sociedad amodorrada donde lo feo se esconde, al enfermo se le arrincona o se le eutanasia, al viejo se le abandona sin que se vea y al pobre se le mete en ghettos para que no moleste y podamos seguir viviendo en los mundos de Yupi hasta que llegue la hora de traspasar y aterrizar en el país de las chuches eternas. En vez de morirse como Dios manda, rodeado de la gente que te quiere, poniendo un epílogo adecuado a una vida vivida, con las creencias que se quiera, pero una vida vivida. Y no como esas vidas que, a fuerza de eludir lo feo, parecen un slalom gigante para evitar la misma vida.

Yo, por mi parte, intuyo que lo de morirse no es para tanto, porque en 100 años estaremos los 6000 millones actuales criando malvas pero aun así, no quiero dejar mi muerte en manos de cualquier gilipollas acursilado que pase por ahí, así que anticipo que quiero que en mi esquela ponga: "vivió y murió en el seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, procurando hacer el bien, confortado con los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica. Rogamos oraciones por su alma". Y como dejaré encargadas 500 misas por mi alma, si después de todo me condeno, es que he sido muy gilipolla y asaz malo.

Y el día de mi muerte quiero que se sirva jamón ibérico y tinto.

Y que sobre mi féretro se ponga la bandera de San Quirico, la de España y la del Barça.

Y que no me obitúe ningún cursi.

Y que no se recite "Coplas al traspaso de mi padre".

O bajaré.

lunes, 15 de julio de 2013

Ideales de mierda

Pues no. Ni todo es lo mismo, ni tiene el mismo valor, ni igual da Juana que su hermana, ni ocho que ochenta. No todo vale. Lamento informar al mundo civilizado y al otro que hay ideas, concepciones sobre el hombre, marcos de referencia, creencias y actitudes que son una mierda. No es que sean poco elaboradas o simples o fruto de mentes poco dotadas, es que son un asco. Y esas tienen siempre que ver con la consideración de parte de la humanidad como inferiores, lo que lleva al insulto vulgar, al racismo, la discriminación y – algo muy típico en nuestro penoso país - el linchamiento. Pues bien, este fascismo operativo (practicado por la derecha, la izquierda, el centro ya sean creyentes, descreídos, ateos o adventistas), y esa ausencia de límites, lleva a que cosas como cagarse en la puta madre del de enfrente o reírse de niños muertos sea valorado por otra parte miserable de la sociedad como aceptable, cuando es un fruto asqueroso de unas creencias, valores o actitudes deleznables. Y en ese lodazal fascista, donde el que la suelta más gorda es el rey de la fiesta, conviven un montón de gilipollas de libro, envueltos cada uno en su manto ideológico, que jalean esas insensateces, parapetados tras un anonimato que con esto de las redes sociales, se ha convertido en ventana para francotiradores de la calumnia.

Tú, por ejemplo, te abres una cuenta en Twitter bajo el nombre de "Yo me tiré a tu puta madre, Rodolfo Martínez-Alfarero, de Cuenca", y lo primero que haces es agregar a Rodolfo Martínez-Alfarero y te dedicas a poner a parir a la familia Martínez-Alfarero. Pues, bien, aunque sea abyecto, miserable, cobarde y delictuoso (o abiertamente delictivo), habrá miles de seguidores a los que este linchamiento les parecerá cachondo, progre, el-no-va-más de la libertad de expresión y una cosa a imitar. Tope español y tope moderno. Y tú asistirás atónito al linchamiento popular perpetrado por miles de tipos – gentuza de la peor calaña - que bajo seudónimo (la cara no la dan, la cobardía está llena de matices como decía Mafalda y no vaya a ser que se la partan) siguen, opinan o son espectadores de la concreción operativa de una mierda de creencias o ideales que hacen que algo así sea considerado como bueno. O lo que es peor, mucho peor, indiferente. Por definirlo de alguna manera, algo que podríamos llamar elevados ideales de mierda. Y como España es así, escucharás que llamar hija de puta a alguien es considerado como algo divertido y mordaz, pura imaginación de cuatro a los que les falta la creatividad más básica: la necesaria para hacer humor.

Y claro, eso si no echas la mirada sobre humoristas teóricamente famosos. Y entonces ya alucinas. O sea, uno, que ya es mayor, recuerda haber visto una portada, no sé de qué revista, en la que salían unos testículos enormes y el titular decía: "El Rey se encuentra perfectamente", haciendo referencia a un rumor sobre la salud del Monarca. Pues bien, considerando que era humor grueso, es humor de "ursulina descalza" comparado con la peña que se descojona del cáncer de alguien, del accidente casi mortal de una persona, de la enfermedad incurable o de la deficiencia psíquica de cualquier ser humano. Y los que son espectadores de eso, en lugar de salir a toda leche y mandarlo a Parla, le dice cosas como: "Te has pasado, @vicentínelGili. No deberías haberte descojonado de la moribunda sidosa. A la quinta, te dejaré de seguir, cachondón". Y claro, ese, la suelta más gorda. Sin más límite que él mismo, porque una característica definitoria de esta gentuza es que, cuando les arreas, dicen ¡ay! con demasiada facilidad, pero a la hora de sus vómitos, no conocen límite.

Lo único que tiene garantizado la víctima de ese acoso es que la policía mirará con lupa lo que contesta al acosador, para entrullar a la víctima en aras de la libertad de expresión. O sea, algo pulidito y majo. Si no me creen, les juro que hay cuentas de pedófilos, nazis, terroristas o filoterroristas abiertas desde hace años y denunciadas que ahí siguen, amenazando a todo quisqui, mientras las autoridades y Twitter miran hacia otro lado. El lado de la miseria.

Supongo que esto será así hasta que el tal Rodolfo o cualquier otro, harto del acoso, contrate a un hacker, adivine quién es el cachondón anónimo, le espere a la salida de su casa y le abra la cabeza con la garrota familiar. Esa de los nudos para apiolar gorrinos.

Y lo entrullarán por matar gilipollas.

Y por no tener sentido del humor, Rodolfo, joder, que era broma.

Jodido cenizo de mierda.

Púdrete (jajajajaja).

Firmado: @MedescojonoRodolfoEnLaMillaVerde


 

jueves, 27 de junio de 2013

Vidas luminosas

La foto se ve borrosa y está mal iluminada. Es de esas tomadas probablemente con un móvil con impreciso y rápido movimiento para captar una escena que el casual fotógrafo considera valiosa. Y lo es. Encuadra a una pareja de ancianos que se aleja en la típica plaza de un pueblo difícilmente identificable. La foto los toma vistos por detrás, él – cazadora marrón -con la mano derecha por encima del hombro de ella, en un gesto, seguramente repetido miles de veces, en el que busca apoyo y demuestra cariño y confianza. Ella – con un jersey blanco - con el brazo rodeando la cintura de él, bien juntos, como cuando eran adolescentes. Iluminados tenuemente por las luces anaranjadas de un edificio, por los destellos de las farolas y por el flash, que resalta sus figuras oscureciendo el resto. El autor o autora de la instantánea enmarca la escena: "Mis padres, después de la celebración familiar de los cincuenta años de casados". Desconozco quién es el autor de la foto, ni sé quiénes son ellos ni cuánta familia estaba mirando cómo sus padres se alejaban, ni dónde era. Nada de eso sé, ni me importa.

Pero sí sé algunas cosas. Sé que vivieron una gran pasión. Como esas de las películas. Y que el amor era puro fuego cuando eran jóvenes. Y que se dedicaron a mantener ese incendio siempre que pudieron, a pesar de que la vida en ocasiones les hirió con dentellada cruel e inesperada. Para recordarles que nada es para siempre. Y sé que conocieron días de espléndidas alegrías que vivieron como si fueran eternas y que supieron vivirlas unidos. Unidos en la alegría. Y en el sufrimiento. Segurísimo. Terrible o soportable. Pero que inundó sus vidas y sobre el que se irguieron con fuerza, convirtiendo el amor en férreos lazos que les hicieron soportar los vaivenes que a todo ser humano somete la vida. Ese precio que se paga por amar. Alto precio en ocasiones y que casi siempre merece la pena. Y que ese precio lo pagaron con moneda de afecto y comprensión, fuerza y esperanza, fe y vida.

Y sé que tuvieron paciencia el uno con el otro, y mucha más con sus hijos. Y que vivieron y viven sus éxitos y sus fracasos como propios. Y que siempre procuraron respetar su libertad incluso cuando veían que se iban a equivocar. Y que a veces acertaron y a veces erraron. Pero siempre les dieron su apoyo. Siempre estuvieron para sus hijos. Esos que miraban con infinita ternura cómo se alejaban cruzando la plaza. Con admiración contenida. Lo sé porque quisieron inmortalizar un momento que resume una vida. Sabiendo que esos momentos vividos, esa memoria familiar, perdurará cuando ellos se hayan ido. Sabiendo que quedan menos momentos por vivir con ellos.

Y un día, no muy lejano, ese brazo que se posaba sobre ella buscará el apoyo y encontrará el vacío del recuerdo. Y no caerá porque otros – a esas alturas de la vida, sólo queda la familia – prestarán el hombro para que no caiga. Pero no será lo mismo. No será el de ella. O a lo mejor es ella la que buscará rodear la cintura de él sin hallar más que el pasado. Y la arroparán. Y ella sonreirá agradecida, a pesar de que no es él quien la arropa. Y seguirá viviendo, sí. Con esa sensación de que le falta ese algo que es un todo doloroso. Y es posible que pase algunos años de espera. Lo bueno, en ocasiones, se hace esperar. Y en esa espera conocerá alegrías – los hijos, los nietos, sus buenas noticias – pero no estará él para compartirlas. Y en sus silencios descubrirá lo que ya sabía, que ella y él eran y son uno. Y que esa sensación de vacío no la cura el tiempo. Ya no.

Y un día se levantará y descubrirá que por la ventana entra una luz resplandeciente, desconocida, nueva. Un nuevo sol.

Y no le hará falta darse la vuelta para saber que él estará allí. Apoyado en el quicio de la puerta, mirándola. Con esa sonrisa espléndida. Y volverá a sentirse completa. Volverán a estar juntos.

Como antes. Como siempre.

Ternura.

domingo, 16 de junio de 2013

España y la ignorancia “semos asín”, señora

El español grita. Eso lo sabe cualquiera que haya hablado alguna vez con un español. No es algo que no se produzca en otras naciones – italianos o griegos también berrean lo suyo -, pero en la española muy a menudo se utiliza como argumento fundamental. O sea, si gritas, tienes razón. Y si gritas mucho, es que tienes mucha razón. Y así, el contrario – de voz más finita, civilizado o simplemente inteligente – se suele achantar ante la capacidad de grito de su congénere español, que mide en decibelios su capacidad de raciocinio y argumentación. Por eso, todo programa de televisión consistente en reunir españoles alrededor de una mesa y ponerlos a gritar, con un moderador que aún grite más, es un éxito seguro. Aunque sea para gritar los nombres del listín telefónico, el programa triunfará. Porque al español le apasiona tanto gritar como ver gritar. Es algo que cualquier español lleva en los genes.

Además – eso está demostrado empíricamente – cuanto menos sabe de algo, más grita. O sea, un analfabeto, en presencia de alguien que sepa de algo, tenderá a elevar el tono de voz en proporción inversa a su conocimiento del tema y directa al conocimiento que sobre el mismo pueda tener su interlocutor, que pasará a adversario en cuanto abra la boca. El tema es, más o menos, como sigue. Tú, licenciado en física por la UAB e investigador en el Massachusetts Institute of Technology durante cinco años y casado en primeras nupcias con una astrofísica con diez años de experiencia en el Instituto Max Planck sales a cenar con una amiga de tu mujer y su marido, administrativo de facturación de El Corte Inglés (sea dicho con el mayor de los respetos). Con un par de copazos de vino, el consorte de tu amiga se interesa por tu trabajo. Tú disimulas y hablas de fútbol, pero el tipo insiste y acabáis hablando de Einstein, del que vio un reportaje en la 2. Tú intentas huir sacando el tema de El Corte Inglés pero la conversación amenaza desastre porque el tipo, que se ha calzado ya botella y cuarto de tinto, empieza a desbarrar voz en grito sobre la teoría de la relatividad, los judíos y la bomba atómica. Con el fin de zanjar el asunto, le sueltas un rollo sobre la teoría de la relatividad general. El, con ojos vidriosos, sin entender ni palabra ni importarle un huevo, contesta lo que contesta todo ser humano español y gilipollas cuando está acorralado: bueno, vale, pero todo eso es opinable.

Con dos cojones. Porque esa es otra característica hispánica diferencial: aquí todo lo que se ignora profundamente es opinable. Esté demostrado o no. Desde la teoría de la gravitación universal, pasando por el área del círculo , o la existencia de Minnesota, todo es opinable. Por eso los debates en España o no concluyen nunca o acaban a leches. Esto es tan así que hasta una televisión pública ha impuesto un modelo de debate en el que al español se le deja hablar 59 segundos con la vana esperanza de que, ya que no argumenta, que tampoco insulte. A veces lo consiguen.

Con lo que se suma a una ignorancia oceánica y al clásico orgullo español, una especie de relativización del saber en el que todo cabe, y sobre todo, cabe la opinión infundada, el aullido argumental y la conclusión de garrote y bastonazo. Eso sí, como pongas en duda el milagro de Calanda o la honradez de Santiago Carrillo, te crujen los unos o te fusilan los otros.

Y así vamos tirando p´alante.

O p´atrás.

O lo que sea que hagamos.

jueves, 21 de marzo de 2013

Los subnormales

La verdad es que cuando me ve venir, empieza a correr gritando mi nombre y cuando llega me suelta un abrazo tremendo, en plan Grizzly ahogando a su presa. Un abrazo de esos que te ponen los huesos en su sitio. De esos que te colocan el alma en su sitio. Es un tío enorme, y es mi amigo. Y no es una manera de hablar. Es uno de mis mejores amigos, uno de esos a los que le he contado mi vida entera y a los que conozco desde que era pequeño. Es bueno, cariñoso, amable y – en pocas ocasiones – muestra un genio temible. Pero es un tipo de fiar. Ver a su madre cómo le mira y oír a su padre hablar de él es recibir una lección avanzada de amor. Se llama Ricardo y dicen que tiene síndrome de Down. Digo que dicen que tiene, porque yo nunca he oído a nadie cercano decir ni mu, ni tratarlo de forma diferente. La verdad es que a sus amigos – que somos muchos - nos la suda mucho cómo se titula eso que tiene.

A Juan lo conozco de toda la vida. Un tipo listo. Y un poco caradura. Cada vez que lo veo le digo que me llame un día y se venga a casa a cenar. Pero el muy cabrito no lo hace, poniendo las excusas más peregrinas. En el fondo sé que le asusta enfrentarse a los nueve, aunque debería haberlo superado, porque viene también de una familia con un montón de peña. Pero bueno, ya vendrá. Es del Barça a morir, le encantan los parques zoológicos y es como mi hermano. De hecho, el otro día nos descojonábamos de risa recordando cuando le acompañaba a la piscina hace ¡treinta! años en un coche (una cafetera) que, en la subida a Montjuic, se paraba cada cien metros. A veces pasábamos de ir y nos pulíamos la pasta que su madre, la queridísima María, nos daba para la piscina. Es un tipo encantador y divertido. Y sí, tiene una parálisis cerebral que le afecta al movimiento y le impide hablar pero desde luego, no le impide comunicarse. Y sí, también es amigo mío.

Aunque no me gusta tener muchos amigos, estos han tenido el detalle de acogerme en sus vidas y ahí están, dándome lecciones todos los días. No sé por qué coño se empeñan en adoptarme gente que me supera tan claramente en todo. Pero sería del género gilipollas quejarse por las cosas buenas que le pasa a uno, así que me voy a callar.

He hablado de dos de mis amigos, pero podría hablar de otros muchos, gente muy querida que tienen hijos o hijas con una deficiencia física o psíquica y de los que uno no ha oído nunca la más mínima queja. Todo lo contrario. Y sí, no tengo dudas de que, a diferencia de ellos, hay gente que maldice su suerte, pero me temo que estos maldecirían su suerte de igual manera aunque tuvieran niños en plan raza aria, perfectos, guapotes, cuadrados y gilipollas.

Pero claro, hasta aquí. Estos son mis amigos, algunos de ellos tienen una deficiencia psíquica o física, pero de alma andan fenomenal. Y como ellos andan fenomenal, hacen que el resto funcionemos mejor. Es lo que tiene el asunto.

Luego están los subnormales. O sea, toda aquella gentuza teóricamente normal que, chapoteando en el lodazal de la miseria intelectual y espiritual, habitan ese inframundo donde el ser humano es discriminado, señalado, seleccionado, humillado y, en último término, masacrado. En España parece que han decidido no matar a los que, habiendo nacido, tienen alguna deficiencia (aunque les ponen las cosas muy jodidas, para que se sepa que estamos en el puto tercer mundo), pero esta gentuza que nos desgobierna y nos ha desgobernado han gestionado la cosa para que la única alternativa que se le da a una mujer embarazada de un niño con alguna deficiencia sea la muerte del niño. Para defender un sangriento negocio. Para defender – dicen – la libre voluntad de la madre de matar a su hijo, cuando pocas veces esa voluntad es libre, ya que todo el entramado político-social-sanitario lleva a que la decisión "apoyada" sea la de matar al hijo. Sin más.

Yo no soy muy listo, pero juro por Dios que mi inteligencia me da para saber que esos políticos de cuarta, esos médicos, biólogos, psicólogos y toda esa patulea con títulos que se los saca cualquiera que no sea imbécil, no tienen, ninguno de ellos, autoridad alguna para decidir si un ser humano es más o menos que otro en función de las deficiencias o menores capacidades que puedan tener. Y aunque de iure todo es muy bonito y suena todo a liberté, égalité y fraternité, de facto todo el sistema socio-sanitario es un puta máquina de matar inocentes.

Así que en el día de las personas con Síndrome de Down lo único que digo es que menos hablar y menos celebrar este día, y más hacer política de apoyo a la mujer embarazada, más hacer políticas de integración real de las personas con discapacidad (monstruos, en terminología de la lamentable Regàs) y menos sensiblería formal y menos cuchillo de fondo y más escuelas, más ayuda, más apoyo, más investigación, más comprensión, más humanidad.

No necesito ver el cuchillo para identificar a un matarife.

Sólo tengo que oírles hablar.

Más humanidad.


 


 

domingo, 30 de septiembre de 2012

El Opus

Pues sí. Hacía un tiempo que no pasaba por "el Opus", que es como llamaban hace años – y, según me cuentan, algunas personas en la actualidad – a la Clínica Universitaria de Navarra. Y estuve por ahí porque a mi madre, a los setenta y siete años, le detectaron un cáncer en la boca de pronóstico complicado y nos fuimos zumbando a Pamplona, a que la trataran.

Yo, que estudié (más o menos) en Pamplona, y que, como todo universitario intenté aprobar mientras me dedicaba a lo importante, visité bastante la Clínica Universitaria. Por un lado mi hermana Elena pasó larguísimos periodos de recuperación por las llagas que se le formaban por ir en silla de ruedas, y por el otro, fui paciente de la clínica por obra y gracia de mi queridísimo Tito Moncada, con el que me pegué una galleta tremenda en la carretera de Goimendi en un bólido conducido (más o menos también) por él. Estuve tres días en la UVI y un par de semanas en planta antes de que me dieran la patada a casa.

Pues bien, a mí se me había olvidado totalmente todo lo relacionado con la Clínica (supongo que es un mecanismo de defensa) hasta que la pisé de nuevo. Y acostumbrado a niveles de servicio "adecuados" (gran barrera para la excelencia) y con el concepto general de que en Navarra te cuidan mucho, entré en una vorágine de calidad en el servicio de la que no me he recuperado. Desde que entras hasta que sales, el trato profesional es excepcional y los medios son extraordinarios. Pero nada de eso es realmente diferencial. Lo diferencial es el trato humano. Podría definirlo de muchas maneras – exquisito, excepcional – pero me quedaría corto. Todo en la Clínica está diseñado para que el trato integral a la persona enferma y sus familias sea excelente.

Podría poner multitud de pequeños ejemplos (la excelencia siempre se concreta en multitud de detalles pequeños) y de enormes ejemplos. Desde la pericia profesional del equipo de cirujanos que durante dieciséis horas de reloj operaron a mi madre en un trabajo de enorme complejidad. Equipo que – era ya la una y cuarto de la madrugada -, a la puerta de la UCI, nos contaron con pelos y señales cómo había ido la operación a toda la familia (los doce hermanos, mi padre y mi tío Luis Antonio). Y todo eso sin un gesto ni de mínimo cansancio. Todo lo contrario, con una objetividad, claridad y amabilidad rayana en cariño que, en esos momentos de enorme tensión, fue recibido como un auténtico bálsamo. Nos partíamos de risa después (los nervios pasados dejaron paso a una alegría desaforada, como casi todo en mi familia) diciendo que los doctores que nos habían informado – jóvenes, con muy buena pinta y que parecía que vinieran de jugar a squash- eran en realidad figurantes que la clínica ponía para informar a los familiares. Pero de figurantes nada. Los doctores Herrera, Ruiz-Cruz y Rehberger dirigidos por el doctor Montesdeoca, y nuestro querido Rafa Moncada, anestesiólogo, estuvieron ahí, sin prisas, contestando todas nuestras preguntas después de un trabajo duro y bien hecho.

Y podría hablar del trato eficaz, afectuoso y delicadísimo de las enfermeras de la Clínica. Deberían escribir un libro – seguro que hay muchos escritos – sobre el efecto beneficioso del cariño en el trato al enfermo. De cómo poniendo el corazón en lo que haces, los resultados siempre son buenos. Yo salí enamorado de todas y cada una de esas mujeres que han decidido que trabajar de forma que el paciente se sienta asistido y querido es una buena forma de trabajar. Quizá la única. Yo soy muy poco llorón, pero cada vez que entraba Marta, enfermera guapa y navarra – "¿un pinchacico, Elena?"– para cuidar a mi madre doliente como si fuese la suya, tenía que mirar por la ventana para no perder mi fama. Porque eso era para llorar como una Magdalena.

Y ya sé, porque no soy idiota del todo, que esa forma de trabajar no es casual, que no es sólo que la dirección de la Clínica haya decidido "seguir la política de la excelencia". Es mucho más. En todo eso subyace una manera de entender lo que es la persona – alma y cuerpo – anclada en la antropología cristiana y envuelta en un espíritu determinado. Pero hecha operativa de forma maravillosa. Concretada en miles de gestos que hacen que el enfermo se sienta querido. Seguro que como en muchos sitios, cierto. Pero yo sólo hablo de lo que vi y viví en la Clínica Universitaria de Navarra, obra corporativa del Opus Dei.

Volví al Opus.

Todavía voy dando gracias.