miércoles, 29 de octubre de 2014

Donde Glory´s



Era un antro oscuro y alargado al final de un pasaje sin salida lleno de antros oscuros y alargados. Probablemente lo único que tenía de diferente a cualquier otro de esos antros era que era nuestro antro. Allí fue donde pasamos buena parte de la carrera universitaria entre tabaco, alcohol, música, amigos y, a veces, amigas y novias. Pero estas duraban poco en Glory´s. Se cansaban y se iban. Nada hay más aburrido para una mujer que ver a su novio con su grupo en plan “amigos para siempre” así que discretamente – o a gritos, no lo recuerdo – se borraban. Era nuestro sitio, aquel lugar donde arreglábamos los destrozos que la universidad – fundamentalmente las mujeres – hacían en nuestras vidas. Ahí las odiábamos y amábamos, las poníamos a caer de un burro para adorarlas después sin solución de continuidad. Porque no teníamos ningún otro tema serio. Bueno, a veces, en pleno éxtasis etílico también hablábamos de la existencia de Dios y de otras cosas trascendentes, pero creo que era para tener pie y volver a hablar de las hijas de Eva. Vaya, seguro que sí. Envueltos en una nube perenne de humo, con un pitillo en la boca, cervezas a tutiplén y el recuerdo de esos ojos que, no es cachondeo, eran como el mar o de aquella maldita que nos había roto el corazón por enésima vez, pasábamos horas y horas dándole vueltas a cosas importantes. No recuerdo que pasáramos ni una sola noche hablando de estudios.

Hay sitios que – no sabes muy bien por qué – te adoptan tras un par de visitas. Tú los puedes frecuentar, pero son ellos los que te adoptan a ti. Glory´s nos adoptó tras un par de copas. No sé por qué lo hizo, pero lo hizo. Quizá le caímos en gracia a la larguísima barra negra – cuyas muescas y marcas llegamos a conocer a la perfección – o a lo mejor fueron los taburetes – siempre al límite de la desgracia – los que nos acogieron o vete tú a saber si los sillones del fondo, los de la esquina de filosofar – rojos con aspiraciones de antro de lujo – fueron los que nos sellaron el derecho de admisión preferente; no lo sé, pero sí sé que cuando cruzábamos la puerta negra de la entrada, teníamos la sensación de hogar. De pertenencia. Ese era nuestro sitio. Una extensión etílica de nuestra casa. Allí íbamos todas las noches Javier y Joan, y Luis Felipe, y Jordi, y Jorge e Ignacio, y Rafa y algún otro. Y ahí íbamos con amigos y amigas y con quienes venían de visita a Pamplona, que eran decenas. Y allí quedábamos. Como decían los pamplonicas,  “donde Glory´s”.

Y sí, como ya sabéis, todo Glory´s tiene un Jaime. O sea todo bareto, antro o sala tiene un tío que pone el alma. Que lo hace funcionar. Y el de Glory´s era era una bestia de casi dos metros, con la nariz partida y una ceja con resto de batallas – supongo que de alguna pelea en aquella Pamplona turbulenta de los ochenta – y con una de esas caras difíciles – diferentes - pero fáciles de interpretar: a buenas era encantador y a malas era terrible. Vivía en el barrio de la Txantrea y era un batasuno de pro, con todo lo que eso significaba en aquellos años. Cuando había un atentado con muertos y andábamos por ahí – ambas cosas ocurrían con una frecuencia trágica -, se me acercaba y me decía: “Carlos, lo siento. Esta guerra es una mierda”. Y se iba para allá, al fondo de la barra, a poner música y a esconderse un poco, para no jodernos. A su manera lo sentía. O a lo mejor quiero pensar que lo sentía. Era nuestro amigo. Un amigo de esos que no invitarías a casa. Tampoco él nos invitó nunca a la suya. Cada vez que volvíamos a casa por Navidad o Semana Santa o en verano se despedía dándote un abrazo tremendo de esos que o te desencajaba las vértebras o te las fijaba para los restos. Luego te cogía la cara como si fuese tu abuela, se daba un golpe en el pecho y te decía mirándote a cinco centímetros de la jeta: “Te llevo en el corazón”. Te soltaba y se iba. Era un tipo entrañable. Y una bestia parda.

Cuando acabamos la carrera, en plena efervescencia y exaltación de la amistad, los que habíamos compartido piso y los adscritos – que eran un montón – nos juramos que nos iríamos viendo muy a menudo y que “la última, siempre será en Glory´s”. Y sí, nos vimos una vez más. Y sí, acabamos en Glory´s. Y Jaime estaba allí y por un momento aquello fue como debía ser, por un momento todo estuvo en orden. Y le eché un vistazo a todo aquello – la puerta del tigre seguía con el mismo boquete que alguien desesperado por una mujer le hiciera de un puñetazo en 1984 -, nos despedimos de Jaime y tuve la absoluta conciencia de que jamás volvería. Como así fue.

Hace muy poco anduve por Pamplona y me acerqué.

Ahí seguía, con sus logos de letraset de hace treinta años y su puerta oscura cerrada a cal y canto para siempre. Me quedé plantado ahí un buen rato. Veinticinco años, pensé para mis adentros. Mucha vida.
Cerré los ojos y recorrí pegado a la barra, con mi cerveza en la mano, el local entero. Me senté en un tembloroso taburete mirando a la esquina de los sillones color rojo aspiración, vacíos de amigos pero llenos de recuerdos y  a la cabina de música donde Jaime se escondía a poner música y le di a la sombra de Jaime un abrazo virtual. De esos que te desencajan las vértebras o te las fijan para los restos. Y juro que noté cómo el tío se golpeaba en el pecho, me cogía la cara y como tantas veces, me decía: “te llevo en el corazón”.

Abrí los ojos, eché un último vistazo a la puerta cerrada y negra y me piré. Un vecino me miraba como si estuviese loco del todo. Pero daba igual. Qué cojones iba a saber ese de mi historia.

Dejé de quedar “donde Glory´s”.

Maldita sea.

jueves, 9 de octubre de 2014

Tania la gorda


El caso es que hace poco una presentadora de televisión a la que no conozco ni de la que había oído hablar en mi vida, tras dejar de fumar y engordar unos kilos, se ha plantado en una presentación más feliz que una perdiz y ha dicho más o menos: “He engordado, me siento guapa, sexy y contenta de haber dejado el tabaco”. Y como tras esas declaraciones un montón de acomplejados, miserables del comentario cobarde a tanto alzado y gilipollas de oscuro anonimato la han puesto a parir por gorda, lo ha rematado escribiendo un tuit de esta guisa: “vestida de blanco y sin complejos me dirijo a la cena del WPRF104”, que es algo así como decir – la interpretación de su pensamiento es libérrima - “ahí os quedáis con vuestras chorradas y vuestras mierdas de vidas, mindundis, que yo me voy feliz a seguir con la mía. Hala, que os den”. Y lo ha acompañado de una foto en la que está estupenda. Como debe ser. Poniendo un punto final elegante a la colección de puntos suspensivos, puntos y aparte, mediopuntos, puntos retrasados y dos puntos que jalonan el cerebro de tanto y tanto mangurrino suelto por este mundo.

Me gusta mucho Tania. Me gusta una persona que demuestra ese carácter y esa personalidad en unos momentos como los presentes en los que el fango de la mediocridad todo lo inunda y cada vez cuesta más encontrar personas que sean eso, personas, y no “gente” tan asquerosamente estándar y parecida para lo bueno y para lo malo que uno no sabe ya cómo distinguir una de otra, ni siquiera si merece la pena intentar hacerlo. Una persona que, atención, viviendo en gran parte de su imagen (porque me imagino que de talento andará sobrada) decide plantar cara a un vicio jodido y difícil de abandonar como el de fumar y sustituir tabaco por pizzas o chocolate negro o jabalíes – lo mismo da que da lo mismo – pensando lo que pensamos todos los que lo hemos dejado: que si eres gordo siempre estás a tiempo de adelgazar pero que sin pulmones respirar se vuelve dificilísimo. Y claro, con voluntad, lo ha dejado. Y como es un personaje público con un par de narices lo ha dicho y se ha expuesto sin complejos, sin esconderse, en una sociedad donde la postura contraria cobarde y acomplejada es la que prima y donde mostrar la imperfección – o sea las cosas como son – se convierte en ocasiones en un ejercicio suicida donde el juicio sumarísimo y cruel es la reacción pronta y casi nunca la contraria: la de admirar a quien consigue una meta. Aunque sea una pequeña meta personal (los que somos exfumadores sabemos que de pequeña, nada de nada).

Y sí, para el resto del mundo puede ser anecdótico el hecho (y de hecho lo es) pero lo que no es anecdótico en absoluto es el pim-pam-pum al que se le ha sometido, sobre todo en las redes sociales. Porque ese linchamiento virtual no es más que un reflejo exacto de los linchamientos reales que se producen a diario en nuestro país y que toman la forma de acoso, agresiones, insultos y desprecios a niños, adolescentes y adultos que, por la razón que sea, están fuera del puto estándar de mierda que ha creado esta sociedad patética donde al diferente, poco agraciado, tarado o tímido se le machaca sin piedad por gentuza sin escrúpulos que abusan de su efímero poder causando muchas veces un destrozo inmenso. Porque lo que está claro es que si en lugar de a una mujer formada, con personalidad y con un par como Tania dan con una víctima más débil – por ejemplo, una adolescente con complejos -, el daño que pueden realizar es irreparable. Para que se me entienda: el acoso y la agresión del fuerte al débil se aprende y se forja en casa, se desarrolla en la escuela, se consolida en el trabajo y en las enfermizas relaciones que se puedan tener y eclosiona en ese lugar donde anonimato y miseria van de la mano; sí, en las redes sociales.

Creo haber escrito bastantes veces que vivimos en una sociedad enferma donde nada importa lo que eres sino lo que tienes o lo que aparentas. De hecho la peña va tan estresada en gilipolleces que no tiene ni tiempo de frenar, echarse un vistazo dentro y saber algo de sí mismo. Supongo que no se miran dentro por no morir de asco. Si uno no se molesta en conocerse, imagina lo de conocer e interesarse por el prójimo. Por las luchas y pequeñas victorias del prójimo. De las necesidades e ilusiones de los demás. De sus aspiraciones nobles. De sus problemas. Por eso, porque el ser humano tiene el encargo primordial de conocer y ayudar al ser humano, lo del puñetazo de Tania a todos esos miserables me ha parecido estupendo.

Y ella, también.

Ojalá que lo que haga esta chica en el futuro se parezca a lo que ha hecho ahora. Porque ha hecho lo que debía hacer.

Tania, muchas gracias.

sábado, 19 de julio de 2014

Estaba buenísima


“Estaba buenísima, hermano. La conocí en Cuenca, en la feria anual del calzado. Creo que era propietaria de unas tiendas, o a lo mejor fabricaba zapatos o quizá era la que dirigía el cotarro. No me acuerdo. Iba con tres copas de más y tenía un cabreo sordo con mi mujer. El hotel estaba de lujo y mi habitación tenía una cama de dos por dos, de esas que puedes bucear entre las sábanas, un minibar más que decente, un sofá enorme de final de Champions y mil chorradas de esas de los hoteles buenos. No conocía a nadie. La torda no sabía ni mi nombre. Ni le interesaba. Creo recordar que se llamaba Jackelin, o Jennifer, o a lo mejor era Vanessa, pero lo que sí recuerdo con nitidez era que tenía un par de ojos azules infinitos, una sonrisa espectacular y un tipazo de los de vender a la madre propia y a la ajena. Cualquier cosa que decía le caía estupenda. Todo le gustaba y todo le hacía reír. ¡Qué gusto, colega, una que se lo pasaba bien conmigo. Pensaba que no existían! El caso es que cada segundo que pasaba estaba más buena y yo más borracho. Así que hice lo que cualquier hombre haría en mi lugar. Y ¡joder, Carlos, me arrepiento! Y te lo cuento a ti porque eres como mi confesor, pero no se lo digas a nadie. Cuando ya estaba el tema para entrar a matar, le dije cariño, espera un segundo que voy al baño, entré en el aquel baño – puro mármol, chaval - miré mi jeta en el espejo - ese careto de triunfador que los genes me han dado - y pensé que un día es un día, que no te las ponen así tantas veces y que, coño, no iba a ser el único gilipollas del mundo que dejaba pasar semejante oportunidad. Así que me atusé el pelo, me lavé las manos, comprobé que corbata y pañuelo estaban bien, me sonreí, me guiñé un ojo, hice un gesto de triunfo al pasmarote que me miraba desde el espejo y cumplí. Como un machote. Salí corriendo. Hui como el imbécil que soy. Dejé a la rubia esperando, mi instinto jodido, la cama vacía y el revolcón del siglo sin consumar. Eso hice. Ahora dime que no soy el mayor gilipollas que has conocido”, finalizó.

Sí – le dije – eres el mayor gilipollas que he conocido. Y el mejor gilipollas, también.

Y seguimos bebiendo un rato en silencio para ahogar sus fieles penas en Tequila Don José, conmemoración 70 años. De vez en cuando se quedaba mirando al espejo de la barra, suspiraba y decía: “Qué tía, Carlos, qué tía”.

Sí, podía habérsela calzado y eso no lo sabría nadie más que él y la susodicha. Pero eso para él ya era mucha gente. Demasiada. Y aunque el cabrón es un ateo de tomo y lomo que no cree ni en la ley de gravitación universal, o sea un auténtico descreído profesional, tiene un código, un código de esos que ya les gustaría tener a muchos de esos meapilas de confesión diaria que funcionan con más caparazones y esquinas que una tortuga hexagonal. Y en ese código está escrito que mientras siga casado (por lo civil, claro, como Dios manda, dice con mucha coña) con su parienta – una mujer estupenda, guapa y simpatiquísima – los únicos revolcones permitidos, además de los que se pegue con su mujer, son los que le dan las vaquillas en esas capeas con amigos que monta para satisfacer su afición a esas cosas de los toros. Y así, con ese código de cuatro cosas básicas (mujeres, amigos, tequila y, mucho después, el trabajo) va tirando por la vida. Y, ahora que no me oye porque ni sabe qué es un blog, ni lo que es peor, le interesa un ápice, lo diré: “va tirando por la vida de puta madre. O sea, muy bien”. A mí, que me manejo mucho peor, me produce una sana envidia.

He conocido algunos tipos sin más creencia que su pellejo y su familia y con sus particulares códigos de conducta grabados a fuego, y a otros creyentes con una coherencia vital tal grande que ellos mismos son la demostración operativa de que esas creencias vividas son valiosas. Y los dos tipos de personas se apoyan en los mismos valores, porque son universales. Lo diré de otra manera, nadie cree – a no ser que esté enfermo – que ser desleal, cruel, injusto, violento, falso e irrespetuoso sea algo bueno, recomendable o valioso. Y de igual manera que he conocido personas que hacen de esos y otros valores su forma de vida, he conocido a muchas – muchísimas – personas que te arrean con la Biblia o la pila bautismal en la azotea o te amenazan con el fuego del infierno si dices “culo”, pero tienen unas tragaderas tremendas con todo tipos de críticas, injurias, injusticias, desprecios e insultos al prójimo que no piensa como ellos. O sea, casi todos. Amparados eso sí, en su libérrima, torticera, miope y cutre interpretación de la llamada universal de Aquel que perdonó a putas y ladrones y condenó a ricos. Y dijo que había que amar incluso al enemigo.
Pues bien, desde este humilde rincón, muestro mi admiración por los primeros y mi desprecio por los segundos.

Porque hacen este mundo invivible.

Diciendo, además, que hacen el bien.
Hay que joderse.

miércoles, 16 de abril de 2014

Milongas pampeanas


Probablemente suene antiguo, coñazo, vetusto y carca, pero a mí me encanta Jorge Cafrune, que era un cantante argentino claro y contundente. Una presencia imponente, voz dura con un deje de amargura vivida, y ese precioso acento argentino dando cobijo a un mensaje demoledor contra los ricos y los poderosos. Además, cantaba a la luna, a los yuyos, a los canarios y a la Virgen. O sea, un tipo de esos que saben que lo importante se sustancia en la vida - no en esa cosa en la que hemos convertido nuestra existencia - narrada con estudiada distancia y con esa claridad de juicio que se adquiere sólo tras años en ese milagro que es la pampa argentina. Entre gauchos. Esos tipos milagrosos que te sueltan hablando cachos enteros del Martín Fierro antes de agarrar la guitarra y soltarte cantando cachos enteros del Martín Fierro. Conocí algunos de ellos años ha, cuando anduve paseando por allí haciendo como que trabajaba. Probablemente trabajé, pero desde luego los recuerdos que tengo nada tienen que ver con eso. Silencios, guitarras, fuego, un frío que cortaba, mate ardiendo y compartido y una guitarra rasgando el cielo. Y un tipo cantando una milonga. Estuve pocos días, pero me acuerdo con una nitidez extraordinaria. La misma que tenía la luna aquellas noches. En esas noches supe que quería vivir y morir allí. Y adiviné, con la claridad que da esa luna y esas voces, que nunca lo haría. Yo no era pieza de aquel juego.

Pues bien, bajo aquel cielo, esos hombres desgranaban contenidos que ellos consideraban profundos adornados con rimas, desafíos y música. O sea, algo formalmente bello arropando un mensaje que, a fuerza de ser acunado, parecía igualmente melodioso. Y eso, acostumbrado al español gruñido por estos lares, era una deliciosa novedad. Aprendí que la riqueza formal de la comunicación la facilita. La hace amable. La enriquece. Y hace al hombre más feliz.

Mensaje con contenido en florido continente. En la película “National Treasury”, traducida en este cutre país como “La búsqueda” supongo que para no incidir en la palabra nación, no vaya a ser que los nacionalistas interpongan un recurso de inconstitucionalidad contra Nicolas Cage y, lo que sería muchísimo peor, contra Diane Kruger, por el uso y disfrute imperialista de la palabra nación; decía que en esa película, el protagonista lee un párrafo de la declaración de independencia de los Estados Unidos, que suena de esta guisa: "Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones dirigida invariablemente al mismo objetivo evidencia el designio de someter el pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad." Tras leerlo, Nicolas Cage se queda pensativo y dice: “Hemos perdido esa manera de hablar”. Pero en realidad lo que se ha perdido es esa manera de pensar. Estoy convencido de que de la mano van los nobles ideales con su expresión. Convencido.

Y ese desprecio generalizado por la lengua lo sufrimos a diario, sobre todo por parte de aquellos que deberían tener la responsabilidad de ejercer la esgrima intelectual – que eso es la dialéctica - en los diferentes foros y que, por desgracia, se han convertido en cubículos donde ignorantes maleducados y analfabetos de partido concursan a ver quién dice la mayor burrada, mientras sus compañeros rebuznan a favor o en contra dependiendo de si el imbécil del estrado es rojo, azul, verde o lila. Y no quiero hablar de la Real Academia de la Lengua Apañola (RALA) que en un postrer alarde pirotécnico ha admitido en el diccionario palabras como gayumbos, friki, isidril, okupar, manga o sociata para que usted, intelectual de pro, pueda decir con un par de narices “el friki sociata que okupó la kely iba en gayumbos mientras leía manga” y pase por lo que es, un analfabeto bendecido por gentuza sentada en poltrona con letra que debería proteger la lengua, y no mancillarla. Porque a un hombre se le conoce por lo que dice pero también por cómo lo dice.

Hay veces que echo de menos aquellos tipos, aquellas palabras, aquellas guitarras, aquellas voces. Aquella vida.

A veces oigo ecos de tierras lejanas.

En ocasiones, veo vivos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Morir es cosa de gilipollas

La gente ya no se muere. Ahora la peña traspasa, se va, nos deja, se energetiza en un plano diferente, pasa a un estadio liviano de conciencia o se diluye en el éter originario de la creación. Pero lo que es palmar, infinitivo del verbo espicharla, no palma nadie. La demostración de lo que digo está en la sección de esquelas de cualquier periódico. Así, uno se entera de que "Filemón Azúa de la Roca Solana (alias Pepete el Jodido) traspasó a una vida diferente (o al negro abismo de la nada) rodeado del recuerdo y la energía positiva de los suyos, de la tristeza de su pareja hembra y de la desolación de la chica de servicio". Y encima del nombre del pobre desgraciado plantan una imagen de Bambi rodeado de hojas de laurel y orquídeas, para que conste que, si tuvo cuernos, los tuvo pequeñitos y que amó a la naturaleza, se supone. Y lo entierran, porque los traspasados siguen oliendo fatal, y ahí se queda archivado en el cajón 769 del cementerio de Toledo y con la peor foto que le sacaron en vida (o en eso que haya tenido) para que se note que, si en vida fue feo de cojones, esa fealdad quedará inmortalizada para siempre. Bueno, hasta que su santa deje de pagar y lo hermanen para los restos (nunca mejor dicho) con los pobres en la bonita y acogedora fosa común. En un par de millones de años, petróleo, Filemón. Grande Filemón. Mirando al infinito con cara de gilipollas desde tu nicho. Descansa si puedes, chaval.

Eso de las esquelas pastelosas pasa en la mayoría de los diarios, excepto en el ABC, donde te clavan una cruz muy negra quieras o no, y te llaman muy de "usted" y "don", aunque hayas sido un mindundi y un medio mierda toda tu vida. El ABC te convierte en muerto de orden, en muerto católico, en muerto de cielo, en muerto contundente. Entran hasta ganas de morirse para que te rediman en el ABC. Como Dios manda.

Pero salvando esas negras y tradicionales excepciones, las esquelas son mondongas y cursis de cojones. Pues bien, siendo como son, lo de los obituarios es muchísimo peor. Porque si te "obitúa" un amigo de verdad, pues bueno, mentirá como un cabrón pero al final dirá que fuiste una buena persona y que probablemente estarás en el cielo, aunque realmente no tiene ni puta idea. Pero lo intentará. Y dirá que Dios te habrá perdonado y se portará como un amigo porque al muerto hay que enviarlo al cielo, que para eso está muerto y para enviarlo a un sitio que puede ser como Cuenca, mejor no escribir ni obituar nada. Pero como el obituario te lo escriba un admirador progre, date por jodido de verdad. Primero porque no leerás la palabra muerte: dirá que estás flotando entre tules o arropado por los vapores de la energía, y que el olor a podrido que sale de tu tumba es tan solo el resto pútrido del karma. Estamos en un país tan acojonantemente católico que incluso los que odian a la Iglesia, los apóstatas y los progres hacen unos recordatorios del difunto que ríete tú de las homilías homenaje de los curas de pueblo. Uno las lee y excepto la palabra Dios, están toditas las de las Bienaventuranzas glosando la vida ejemplar de un tipo que ha podido ser un auténtico hijo de puta. Pero bueno, una vez muerto, todo el mundo (excepto Franco, que ese sí que era malo, y no Lenin o Stalin) es redimible. Pues bien, si miran ustedes en detalle esas loas comprobarán lo que digo: parece que no haya cadáver. Y eso da mucho peor rollo que hablar de un muerto.

Y todo esto no es sino un síntoma más de esta sociedad amodorrada donde lo feo se esconde, al enfermo se le arrincona o se le eutanasia, al viejo se le abandona sin que se vea y al pobre se le mete en ghettos para que no moleste y podamos seguir viviendo en los mundos de Yupi hasta que llegue la hora de traspasar y aterrizar en el país de las chuches eternas. En vez de morirse como Dios manda, rodeado de la gente que te quiere, poniendo un epílogo adecuado a una vida vivida, con las creencias que se quiera, pero una vida vivida. Y no como esas vidas que, a fuerza de eludir lo feo, parecen un slalom gigante para evitar la misma vida.

Yo, por mi parte, intuyo que lo de morirse no es para tanto, porque en 100 años estaremos los 6000 millones actuales criando malvas pero aun así, no quiero dejar mi muerte en manos de cualquier gilipollas acursilado que pase por ahí, así que anticipo que quiero que en mi esquela ponga: "vivió y murió en el seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, procurando hacer el bien, confortado con los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica. Rogamos oraciones por su alma". Y como dejaré encargadas 500 misas por mi alma, si después de todo me condeno, es que he sido muy gilipolla y asaz malo.

Y el día de mi muerte quiero que se sirva jamón ibérico y tinto.

Y que sobre mi féretro se ponga la bandera de San Quirico, la de España y la del Barça.

Y que no me obitúe ningún cursi.

Y que no se recite "Coplas al traspaso de mi padre".

O bajaré.

lunes, 15 de julio de 2013

Ideales de mierda

Pues no. Ni todo es lo mismo, ni tiene el mismo valor, ni igual da Juana que su hermana, ni ocho que ochenta. No todo vale. Lamento informar al mundo civilizado y al otro que hay ideas, concepciones sobre el hombre, marcos de referencia, creencias y actitudes que son una mierda. No es que sean poco elaboradas o simples o fruto de mentes poco dotadas, es que son un asco. Y esas tienen siempre que ver con la consideración de parte de la humanidad como inferiores, lo que lleva al insulto vulgar, al racismo, la discriminación y – algo muy típico en nuestro penoso país - el linchamiento. Pues bien, este fascismo operativo (practicado por la derecha, la izquierda, el centro ya sean creyentes, descreídos, ateos o adventistas), y esa ausencia de límites, lleva a que cosas como cagarse en la puta madre del de enfrente o reírse de niños muertos sea valorado por otra parte miserable de la sociedad como aceptable, cuando es un fruto asqueroso de unas creencias, valores o actitudes deleznables. Y en ese lodazal fascista, donde el que la suelta más gorda es el rey de la fiesta, conviven un montón de gilipollas de libro, envueltos cada uno en su manto ideológico, que jalean esas insensateces, parapetados tras un anonimato que con esto de las redes sociales, se ha convertido en ventana para francotiradores de la calumnia.

Tú, por ejemplo, te abres una cuenta en Twitter bajo el nombre de "Yo me tiré a tu puta madre, Rodolfo Martínez-Alfarero, de Cuenca", y lo primero que haces es agregar a Rodolfo Martínez-Alfarero y te dedicas a poner a parir a la familia Martínez-Alfarero. Pues, bien, aunque sea abyecto, miserable, cobarde y delictuoso (o abiertamente delictivo), habrá miles de seguidores a los que este linchamiento les parecerá cachondo, progre, el-no-va-más de la libertad de expresión y una cosa a imitar. Tope español y tope moderno. Y tú asistirás atónito al linchamiento popular perpetrado por miles de tipos – gentuza de la peor calaña - que bajo seudónimo (la cara no la dan, la cobardía está llena de matices como decía Mafalda y no vaya a ser que se la partan) siguen, opinan o son espectadores de la concreción operativa de una mierda de creencias o ideales que hacen que algo así sea considerado como bueno. O lo que es peor, mucho peor, indiferente. Por definirlo de alguna manera, algo que podríamos llamar elevados ideales de mierda. Y como España es así, escucharás que llamar hija de puta a alguien es considerado como algo divertido y mordaz, pura imaginación de cuatro a los que les falta la creatividad más básica: la necesaria para hacer humor.

Y claro, eso si no echas la mirada sobre humoristas teóricamente famosos. Y entonces ya alucinas. O sea, uno, que ya es mayor, recuerda haber visto una portada, no sé de qué revista, en la que salían unos testículos enormes y el titular decía: "El Rey se encuentra perfectamente", haciendo referencia a un rumor sobre la salud del Monarca. Pues bien, considerando que era humor grueso, es humor de "ursulina descalza" comparado con la peña que se descojona del cáncer de alguien, del accidente casi mortal de una persona, de la enfermedad incurable o de la deficiencia psíquica de cualquier ser humano. Y los que son espectadores de eso, en lugar de salir a toda leche y mandarlo a Parla, le dice cosas como: "Te has pasado, @vicentínelGili. No deberías haberte descojonado de la moribunda sidosa. A la quinta, te dejaré de seguir, cachondón". Y claro, ese, la suelta más gorda. Sin más límite que él mismo, porque una característica definitoria de esta gentuza es que, cuando les arreas, dicen ¡ay! con demasiada facilidad, pero a la hora de sus vómitos, no conocen límite.

Lo único que tiene garantizado la víctima de ese acoso es que la policía mirará con lupa lo que contesta al acosador, para entrullar a la víctima en aras de la libertad de expresión. O sea, algo pulidito y majo. Si no me creen, les juro que hay cuentas de pedófilos, nazis, terroristas o filoterroristas abiertas desde hace años y denunciadas que ahí siguen, amenazando a todo quisqui, mientras las autoridades y Twitter miran hacia otro lado. El lado de la miseria.

Supongo que esto será así hasta que el tal Rodolfo o cualquier otro, harto del acoso, contrate a un hacker, adivine quién es el cachondón anónimo, le espere a la salida de su casa y le abra la cabeza con la garrota familiar. Esa de los nudos para apiolar gorrinos.

Y lo entrullarán por matar gilipollas.

Y por no tener sentido del humor, Rodolfo, joder, que era broma.

Jodido cenizo de mierda.

Púdrete (jajajajaja).

Firmado: @MedescojonoRodolfoEnLaMillaVerde


 

jueves, 27 de junio de 2013

Vidas luminosas

La foto se ve borrosa y está mal iluminada. Es de esas tomadas probablemente con un móvil con impreciso y rápido movimiento para captar una escena que el casual fotógrafo considera valiosa. Y lo es. Encuadra a una pareja de ancianos que se aleja en la típica plaza de un pueblo difícilmente identificable. La foto los toma vistos por detrás, él – cazadora marrón -con la mano derecha por encima del hombro de ella, en un gesto, seguramente repetido miles de veces, en el que busca apoyo y demuestra cariño y confianza. Ella – con un jersey blanco - con el brazo rodeando la cintura de él, bien juntos, como cuando eran adolescentes. Iluminados tenuemente por las luces anaranjadas de un edificio, por los destellos de las farolas y por el flash, que resalta sus figuras oscureciendo el resto. El autor o autora de la instantánea enmarca la escena: "Mis padres, después de la celebración familiar de los cincuenta años de casados". Desconozco quién es el autor de la foto, ni sé quiénes son ellos ni cuánta familia estaba mirando cómo sus padres se alejaban, ni dónde era. Nada de eso sé, ni me importa.

Pero sí sé algunas cosas. Sé que vivieron una gran pasión. Como esas de las películas. Y que el amor era puro fuego cuando eran jóvenes. Y que se dedicaron a mantener ese incendio siempre que pudieron, a pesar de que la vida en ocasiones les hirió con dentellada cruel e inesperada. Para recordarles que nada es para siempre. Y sé que conocieron días de espléndidas alegrías que vivieron como si fueran eternas y que supieron vivirlas unidos. Unidos en la alegría. Y en el sufrimiento. Segurísimo. Terrible o soportable. Pero que inundó sus vidas y sobre el que se irguieron con fuerza, convirtiendo el amor en férreos lazos que les hicieron soportar los vaivenes que a todo ser humano somete la vida. Ese precio que se paga por amar. Alto precio en ocasiones y que casi siempre merece la pena. Y que ese precio lo pagaron con moneda de afecto y comprensión, fuerza y esperanza, fe y vida.

Y sé que tuvieron paciencia el uno con el otro, y mucha más con sus hijos. Y que vivieron y viven sus éxitos y sus fracasos como propios. Y que siempre procuraron respetar su libertad incluso cuando veían que se iban a equivocar. Y que a veces acertaron y a veces erraron. Pero siempre les dieron su apoyo. Siempre estuvieron para sus hijos. Esos que miraban con infinita ternura cómo se alejaban cruzando la plaza. Con admiración contenida. Lo sé porque quisieron inmortalizar un momento que resume una vida. Sabiendo que esos momentos vividos, esa memoria familiar, perdurará cuando ellos se hayan ido. Sabiendo que quedan menos momentos por vivir con ellos.

Y un día, no muy lejano, ese brazo que se posaba sobre ella buscará el apoyo y encontrará el vacío del recuerdo. Y no caerá porque otros – a esas alturas de la vida, sólo queda la familia – prestarán el hombro para que no caiga. Pero no será lo mismo. No será el de ella. O a lo mejor es ella la que buscará rodear la cintura de él sin hallar más que el pasado. Y la arroparán. Y ella sonreirá agradecida, a pesar de que no es él quien la arropa. Y seguirá viviendo, sí. Con esa sensación de que le falta ese algo que es un todo doloroso. Y es posible que pase algunos años de espera. Lo bueno, en ocasiones, se hace esperar. Y en esa espera conocerá alegrías – los hijos, los nietos, sus buenas noticias – pero no estará él para compartirlas. Y en sus silencios descubrirá lo que ya sabía, que ella y él eran y son uno. Y que esa sensación de vacío no la cura el tiempo. Ya no.

Y un día se levantará y descubrirá que por la ventana entra una luz resplandeciente, desconocida, nueva. Un nuevo sol.

Y no le hará falta darse la vuelta para saber que él estará allí. Apoyado en el quicio de la puerta, mirándola. Con esa sonrisa espléndida. Y volverá a sentirse completa. Volverán a estar juntos.

Como antes. Como siempre.

Ternura.